I
¿Cómo empezar a contar esto? Quizá lo mejor sea hacerlo a través de una anécdota personal, vieja y a primera vista insignificante. Una anécdota que tuvo lugar alrededor de 2004 en Almería, cuando yo tenía 13 años. En aquel momento empecé a leer poesía. Me gustaba la Generación del 27, pero sobre todo me gustaban las escritoras españolas contemporáneas, porque aunque los del 27 estaban muy bien, las autoras más jóvenes conectaban más con mi alma adolescente.
Una de esas autoras a las que admiraba era Miriam Reyes, poeta confesional de una lírica muy bruta, capaz de narrar con sus versos situaciones tremendas en las que muchas chicas podíamos sentirnos reconocidas. Era 2004, como digo, no me acuerdo del mes mes pero sí de que en aquella época se estaba celebrando alguna feria del libro o algún ciclo poético excepcional en mi ciudad.
Una tarde, en la biblioteca pública donde por aquellos días se paseaban los autores, llegué emocionada al salón de actos porque precisamente era Miriam Reyes la que iba a leer allí. En la puerta de esa sala aún vacía me topé con los organizadores del acto, unos poetas locales que en Almería tienen cierta fama. No les dije nada ni me dijeron nada pero estaban allí, a mi lado, hablando entre risas de Miriam Reyes, a la que según dijo uno “querían verle las tetas”. Así. Tal cual. “Verle las tetas”.
De hecho eso no fue todo lo que dijo. Su frase completa fue algo así como que “iba a pedir al conserje de la biblioteca pública que subiera la calefacción para ver si Reyes tenía calor, se quitaba la camiseta y se le veían las tetas”. Esa misma persona, minutos después, estaría en el escenario junto a la poeta, alabando su obra, mirándola fijamente mientras leía, asegurando que ante nosotros estaba una de las grandes voces de la literatura española y — aunque esto no lo dijo en alto, pero seguramente estaba pensando — la de mejores tetas.
II
Imaginad la escena.
Deteneos.
Por un lado, la poeta que recita sin saber — ¿o quizá sí lo sabía? — que el hombre que está a su lado tiene intenciones oscuras. Mientras Miriam Reyes declama textos de su libro Bella durmiente, ese que precisamente escribió para vomitar los demonios que llevaba dentro desde niña, el poeta de su derecha contempla anonadado su escote que ya no es de niña — ¿no es irónico? — .
Por otro lado yo, la adolescente de la segunda fila que se aguanta las lágrimas ya no sabe si por la emoción que le produce ver a su ídolo en acción o si por aquella grosería que hacía unos minutos acababa de escuchar, y que todavía no entiende, y que no se atreve a contar a nadie casi hasta muchos años después. Cuando reflexiona. Cuando toma conciencia. Cuando se da cuenta de que ya es hora de hablar.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario